El alma está en el nombre

El nombre es el cajón donde va dentro el cuerpo y el alma de cada uno.
Quien haya tenido infancia y lecturas de Supermán recordará a Mr. Mxyzptlk, villano de estos tebeos cuya única forma de ser derrotado consiste en hacer que él mismo diga, lea, deletree o escriba su nombre al revés, lo cual lo hace retornar involuntariamente a la quinta dimensión durante un mínimo de noventa días.
El nombre es algo muy importante, sobre todo si tienes un nombre secreto, como Rumpelstiltskin, el extraño gnomo del cuento de hadas de los hermanos Grimm que tiene poder sobre la hija del molinero hasta que ella descubre su nombre.
Dice Robert Moss que "lo que hay en un nombre eres, en primer y último lugar, tu". De alguna manera nuestro nombre nos abarca como ninguna otra cosa igual.
Así tanto en el bautismo como en la conversión a otras religiones la gente se cambia de nombre para hacer borrón y cuenta nueva dentro de una comunidad nueva con una identidad renovada. De hecho, cuando se bautiza a una criatura se le da el nombre, que en realidad se supone que todavía no tiene: adquiere membresía en su comunidad.
[aunque esto no es exactamente así con la inscripción en el Registro Civil, sí lo era originalmente].
También en los libros de Castaneda podemos observar como la nueva identidad brujeril merece un nombre: es el caso de los brujos con dos nombre (ambos inventados) uno para la versión acechadora de la persona y otro para la versión soñadora.
De la misma manera que sin nombre no tienes identidad, si te cambian el nombre te cambian tu identidad, tu alma. Eso hacian los hechiceros rurales de Cunqueiro en "Escola de menciñeiros":

"Borrallo curaba fundamentalmente locos, morriñentos y aflijidos, y eso al margen de demonios y conjuros, que no existiendo los primeros, ninguna falta hacían los segundos. Lo dejaban solo con los locos más airados, que se quedaban con él sin hacerle mal. Lo primero que hacía Borrallo era cambiarles el nombre. Al loco que, por casualidades de la vida, se llamaba Secundino, le decía:
- Tú eres Pepito y nada más. Contesta sólo por Pepito.
Parece ser que después, partiendo del Pepito, inventaba a Secundino una vida nueva. "

En "La Rama Dorada" de J.G. Frazer encontramos ejemplos para aburrir, entre muchos:

"los indios americanos consideran su nombre no como un mero marbete, sino como una parte definida de su personalidad, de la misma manera que lo son sus ojos o sus dientes y creen que les resultará dañoso el manejo malintencionado de su nombre tan seguramente como una herida que se les inflija en cualquier parte de su organismo físico"

Según va pasando la vida, vamos cambiando y nuestro nombre también puede cambiar, en las Célebes, en Malasia y en todo el mundo árabe uno deja de llevar su nombre, si tiene un hijo, para pasar a ser "el padre de Fulanito". Esto también pasa con las madres.
Yo mismo (ahora es cuando me quito la camiseta) tengo mi nombre, Leandro, y de pequeño tuve un apodo familiar. Este apodo familiar sólo lo conoce mi familia cercana y gente que ya no veo por haberles perdido la pista. Aunque ya casi nadie me llama por ese apodo, puedo decir que tengo dos almas; una de ella es la de ese pequeño personaje que durante años creció y vivió respondiendo al apodo. Me acompañará hasta la muerte.

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